El materialismo dialéctico base del marxismo
creó el concepto de plusvalía, que básicamente sostenía que el
obrero producía con su trabajo una cantidad X de bienes en beneficio de su
patrón o empleador, de la cuál éste le retribuía, como salario, una parte
inferior de este producido, quedándose con la diferencia.
Esta brecha entre lo producido por el trabajo obrero y su retribución
era la fuente del capital que enriquecía al patrón. En el razonamiento no se
tomaba en cuenta el aporte de la iniciativa empresarial, la toma de riesgos,
innovación, etc.
De todas formas, este concepto de plusvalía alimentó
toda la discusión durante el siglo XX entre capitalismo y comunismo.
Ahora bien, esta discusión en el siglo XXI tiene cada vez
menos sentido y en pocos años no tendrá sentido alguno, porque la plusvalía se
transformará en minusvalía, concepto que desarrollaré más
adelante.
La revolución industrial de fines del siglo XIX aumentó
dramáticamente la productividad del trabajo, llevándose a su paso también la
necesidad de determinadas actividades. La electricidad aplicada a la
iluminación, por ejemplo, eliminó a la mayor parte de los fabricantes de velas
o de faroles a gas. Pero la economía se pudo reconvertir, dando origen a nuevas
necesidades de mano de obra y en general los beneficios superaron ampliamente a
los perjuicios provocado por la innovación y el nivel de vida de los
trabajadores, que principalmente en las economías occidentales, aumentó sustancialmente.
El impacto de la reconversión industrial pudo asimilarse,
sin demasiado conflicto humano, gracias a la mayor capacitación de los
trabajadores en todas las áreas, desde las fábricas, agro y actividad
terciaria.
La segunda revolución industrial, producida por la
aparición y posterior masificación de la informática y la robotización, generaron
un efecto similar que también se pudo atemperar con mayor capacitación en
determinados sectores de la economía, pero ya dejando afuera una parte importante
de la masa trabajadora, cuya “mano de obra barata” dejó de ser un activo
para los países, pasando a ser un pasivo, dado que los gobiernos
debieron comenzar a asistir a los excluidos del sistema mediante subsidio
estatal, pagados con impuestos provenientes de la actividad productiva, siendo
en definitiva una carga adicional para los costos de las empresas.
En la actualidad asistimos a una nueva revolución, no ya
industrial sino “hipertecnológica”, con la aparición de la inteligencia
artificial.
El impacto de este fenómeno ya no aumentará la eficiencia
de los trabajadores, sino que eliminará la necesidad de éstos, la
economía va a poder funcionar sin el trabajo humano, se producirán bienes y
servicios totalmente “robotizados”.
Si la plusvalía es la diferencia entre el producido del
trabajador y su remuneración, la minusvalía es el costo del subsidio a ese “extrabajador”
para asegurar su subsistencia y evitar para el estado (global) el conflicto
social.
Hoy asistimos al fenómeno del globalismo, que debemos
diferenciar de la globalización (ver El
blog de Jorge Melchor Greco: Globalismo versus soberanismo.
donde hago una breve explicación del término, aunque para conocer el tema en
profundidad es preciso dirigirse al libro de Agustín Laje “Globalismo
ingeniería social y control total en el siglo XXI).
Este fenómeno busca eliminar el concepto de soberanía
nacional para reemplazarlo por un orden global, regido por una élite de
ultramegamillonarios que controlan los organismos supranacionales para imponer
su agenda (ONU, OMS, APDH, UNICEF, etc.).
Ahora bien, uno de los foros principales de esta élite es
el WEF (world economic fórum) comandado por Klaus Schwab, y financiado por
megafortunas como las de George Soros, Bill Gates, la familia Rockefeller, Rothschild,
la fundación Ford y otros.
Estos megamillonarios conforman la élite dominante y están
decididos a crear un “nuevo orden mundial” donde apuntan a que la población sea
la décima parte de la actual, es decir de pasar de 8000 millones de habitantes en
el planeta a 800 millones.
Se autodenominan “expertos en ingeniería social” y por lo
tanto ya concibieron un mundo donde el 1 % de la población (ellos) fijará las
reglas, que serán aplicadas por el 5 % de la población que estará a sus órdenes
(los burócratas globales como los responsables de la ONU, la OMS, etc., los políticos
de los diferentes países, los altos ejecutivos de sus megaempresas globales y
unos pocos más), un 10 o 20 % de trabajadores “útiles” (ejecutivos medios de
sus empresas que son los que harán que no se pare la rueda) y el resto de la
población mundial serán “mascotas”, subhumanos innecesarios para la producción
de bienes y servicios y que se mantendrán mediante subsidios.
Ahora bien, pensemos que hacemos nosotros con las mascotas.
Las mantenemos mientras nos den alegría, nos den salida a nuestros instintos
afectivos, nos representen un adorno simpático en nuestros hogares, etc. ¿Pero
que pasa cuando nuestras mascotas empiezan a molestar? ¿Cuándo se reproducen en
demasía, dejamos que nuestra gata tenga 8 gatitos y nos quedamos con ellos o
los eliminamos porque son demasiados? ¿Nos quedamos con nuestro perrito enfermo
al que hay que curar gastando en medicamentos? ¿O por razones “humanitarias”
recurrimos a la eutanasia?
Bien, ese es el destino de los miles de millones de
habitantes de este planeta a quienes los miembros de la élite globalista
considera que sobran.
Por eso tenemos las pandemias, las vacunas que producen enfermedades
en lugar de prevenirlas, el fomento de la homosexualidad que por definición no
produce descendencia, el ataque a la familia que da cobijo emocional a los
individuos facilitando que elijan el camino de “dejar de sufrir” y buscar una “muerte
digna” o procurar que los humanos seamos cada vez más mansos atacando nuestra
testosterona mediante “chemtrails” o prohibiendo las armas, no sea cosa que las
mascotas muerdan a sus amos.
¿Es demoniaco?
Si. Pero podemos optar por la doctrina del avestruz de
negar la realidad o enfrentarla.
En mi opinión la salida para las “mascotas” es dejar de
serlo para convertirse en seres salvajes y sobre todo libres, capaces de
procurarse el alimento y vivir enfrentando a los riesgos que presenta la vida,
sin depender del sistema, sin esperar el subsidio, como la bolsa de alimento artificial
que le damos a nuestras mascotas.
No es casualidad que Bill Gates ataque al campo productor
de alimentos y quiera reemplazarlo por comida sintética (para mascotas) que le
permita decidir cuándo y quien nace, vive y muere.
Defendamos la soberanía de nuestros países, combatamos a
los políticos empleados del globalismo, exaltemos a la familia.
Procuremos producir nuestros alimentos y asegurar la subsistencia.
¡No seamos mascotas!
Por nuestros hijos y nietos.
Jorge Melchor Greco
07.03.25