viernes, 7 de marzo de 2025

“Minusvalía” y “humanidad mascota”.

 

El materialismo dialéctico base del marxismo creó el concepto de plusvalía, que básicamente sostenía que el obrero producía con su trabajo una cantidad X de bienes en beneficio de su patrón o empleador, de la cuál éste le retribuía, como salario, una parte inferior de este producido, quedándose con la diferencia.

Esta brecha entre lo producido por el trabajo obrero y su retribución era la fuente del capital que enriquecía al patrón. En el razonamiento no se tomaba en cuenta el aporte de la iniciativa empresarial, la toma de riesgos, innovación, etc.

De todas formas, este concepto de plusvalía alimentó toda la discusión durante el siglo XX entre capitalismo y comunismo.

Ahora bien, esta discusión en el siglo XXI tiene cada vez menos sentido y en pocos años no tendrá sentido alguno, porque la plusvalía se transformará en minusvalía, concepto que desarrollaré más adelante.

La revolución industrial de fines del siglo XIX aumentó dramáticamente la productividad del trabajo, llevándose a su paso también la necesidad de determinadas actividades. La electricidad aplicada a la iluminación, por ejemplo, eliminó a la mayor parte de los fabricantes de velas o de faroles a gas. Pero la economía se pudo reconvertir, dando origen a nuevas necesidades de mano de obra y en general los beneficios superaron ampliamente a los perjuicios provocado por la innovación y el nivel de vida de los trabajadores, que principalmente en las economías occidentales, aumentó sustancialmente.

El impacto de la reconversión industrial pudo asimilarse, sin demasiado conflicto humano, gracias a la mayor capacitación de los trabajadores en todas las áreas, desde las fábricas, agro y actividad terciaria.

La segunda revolución industrial, producida por la aparición y posterior masificación de la informática y la robotización, generaron un efecto similar que también se pudo atemperar con mayor capacitación en determinados sectores de la economía, pero ya dejando afuera una parte importante de la masa trabajadora, cuya “mano de obra barata” dejó de ser un activo para los países, pasando a ser un pasivo, dado que los gobiernos debieron comenzar a asistir a los excluidos del sistema mediante subsidio estatal, pagados con impuestos provenientes de la actividad productiva, siendo en definitiva una carga adicional para los costos de las empresas.

En la actualidad asistimos a una nueva revolución, no ya industrial sino “hipertecnológica”, con la aparición de la inteligencia artificial.

El impacto de este fenómeno ya no aumentará la eficiencia de los trabajadores, sino que eliminará la necesidad de éstos, la economía va a poder funcionar sin el trabajo humano, se producirán bienes y servicios totalmente “robotizados”.

Si la plusvalía es la diferencia entre el producido del trabajador y su remuneración, la minusvalía es el costo del subsidio a ese “extrabajador” para asegurar su subsistencia y evitar para el estado (global) el conflicto social.

Hoy asistimos al fenómeno del globalismo, que debemos diferenciar de la globalización (ver El blog de Jorge Melchor Greco: Globalismo versus soberanismo. donde hago una breve explicación del término, aunque para conocer el tema en profundidad es preciso dirigirse al libro de Agustín Laje “Globalismo ingeniería social y control total en el siglo XXI).

Este fenómeno busca eliminar el concepto de soberanía nacional para reemplazarlo por un orden global, regido por una élite de ultramegamillonarios que controlan los organismos supranacionales para imponer su agenda (ONU, OMS, APDH, UNICEF, etc.).

Ahora bien, uno de los foros principales de esta élite es el WEF (world economic fórum) comandado por Klaus Schwab, y financiado por megafortunas como las de George Soros, Bill Gates, la familia Rockefeller, Rothschild, la fundación Ford y otros.

Estos megamillonarios conforman la élite dominante y están decididos a crear un “nuevo orden mundial” donde apuntan a que la población sea la décima parte de la actual, es decir de pasar de 8000 millones de habitantes en el planeta a 800 millones.

Se autodenominan “expertos en ingeniería social” y por lo tanto ya concibieron un mundo donde el 1 % de la población (ellos) fijará las reglas, que serán aplicadas por el 5 % de la población que estará a sus órdenes (los burócratas globales como los responsables de la ONU, la OMS, etc., los políticos de los diferentes países, los altos ejecutivos de sus megaempresas globales y unos pocos más), un 10 o 20 % de trabajadores “útiles” (ejecutivos medios de sus empresas que son los que harán que no se pare la rueda) y el resto de la población mundial serán “mascotas”, subhumanos innecesarios para la producción de bienes y servicios y que se mantendrán mediante subsidios.

Ahora bien, pensemos que hacemos nosotros con las mascotas. Las mantenemos mientras nos den alegría, nos den salida a nuestros instintos afectivos, nos representen un adorno simpático en nuestros hogares, etc. ¿Pero que pasa cuando nuestras mascotas empiezan a molestar? ¿Cuándo se reproducen en demasía, dejamos que nuestra gata tenga 8 gatitos y nos quedamos con ellos o los eliminamos porque son demasiados? ¿Nos quedamos con nuestro perrito enfermo al que hay que curar gastando en medicamentos? ¿O por razones “humanitarias” recurrimos a la eutanasia?

Bien, ese es el destino de los miles de millones de habitantes de este planeta a quienes los miembros de la élite globalista considera que sobran.

Por eso tenemos las pandemias, las vacunas que producen enfermedades en lugar de prevenirlas, el fomento de la homosexualidad que por definición no produce descendencia, el ataque a la familia que da cobijo emocional a los individuos facilitando que elijan el camino de “dejar de sufrir” y buscar una “muerte digna” o procurar que los humanos seamos cada vez más mansos atacando nuestra testosterona mediante “chemtrails” o prohibiendo las armas, no sea cosa que las mascotas muerdan a sus amos.

¿Es demoniaco?

Si. Pero podemos optar por la doctrina del avestruz de negar la realidad o enfrentarla.

En mi opinión la salida para las “mascotas” es dejar de serlo para convertirse en seres salvajes y sobre todo libres, capaces de procurarse el alimento y vivir enfrentando a los riesgos que presenta la vida, sin depender del sistema, sin esperar el subsidio, como la bolsa de alimento artificial que le damos a nuestras mascotas.

No es casualidad que Bill Gates ataque al campo productor de alimentos y quiera reemplazarlo por comida sintética (para mascotas) que le permita decidir cuándo y quien nace, vive y muere.

Defendamos la soberanía de nuestros países, combatamos a los políticos empleados del globalismo, exaltemos a la familia.

Procuremos producir nuestros alimentos y asegurar la subsistencia.

¡No seamos mascotas!

Por nuestros hijos y nietos.

 

                                                                                  Jorge Melchor Greco

                                                                                          07.03.25

 

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